



Las obras de Uriel no se organizan alrededor de una forma fija, sino de una situación en tensión.
Cada pieza se construye como un espacio donde materia, luz y gesto entran en relación sin una jerarquía fija. La forma no está completamente decidida de antemano: aparece, se desplaza, a veces se resiste.
La materia no funciona como soporte, sino como un registro activo. Acumula, deja marcas, guarda lo que pasó. Lo que se ve no es solo resultado, sino también resto: una superficie donde el proceso sigue presente.
En ese mismo plano, la luz y la sombra no organizan la imagen de manera estable. La tensan. Generan zonas donde lo visible no es del todo claro, donde algo se muestra y algo se retira al mismo tiempo. En ese borde, la percepción deja de ser inmediata y se vuelve más atenta, más lenta.
Esta lógica atraviesa también su trabajo con la imagen fotográfica, donde el cuerpo no aparece como algo a representar, sino como un lugar donde algo ocurre. La imagen no fija: abre.
Las obras no buscan cerrarse. Se sostienen en ese punto donde todavía hay algo en juego. Más que ofrecer una forma definida, proponen una experiencia: un espacio en el que mirar implica detenerse, ajustar la percepción y aceptar que lo que aparece nunca es completamente evidente.
